La frase no es nueva, desde luego, pero justo por ello, debe renovarse. Son palabras que tienen una fuerza verdadera, y deben volverse a expresar en estos tiempos de mengua y desaliento.

En 1983, hace cuarenta años, escuché la frase muchas veces, en la campaña presidencial de Rafael Caldera. No sólo la reiteraba con emoción sino que explicaba sus fundamentos. Su orgullo de pertenecer a Venezuela, al igual que tanta gente, importante o anónima, era esencia de su vida. Y digo que es  esencia de la mía. 

Venezuela es un gran país. Tan lo es, que la hegemonía despótica y depredadora, no ha podido destruirla. El precipicio de  destrucción de todos los órdenes de la vida nacional, continúa y continuará mientras impere el continuismo. Pero Venezuela tiene el potencial de salir adelante, en una etapa distinta y progresista. 

Eso sí, con un cambio de raíz, con justicia social y libertad. Sin acomodos y complicidades en nombre del falso diálogo y la falsa conciliación. 

Se necesita una Venezuela amplia, pluralista e incluyente, por lo que los empeñados en destruirla deben recibir la acción de la justicia, en un Estado de Derecho, y en cumplimiento penal de sus responsabilidades.

Los venezolanos somos un pueblo bueno. Con todos los bemoles que se puedan y deban plantear. Considero que el balance de los activos y pasivos de nuestra gente, es favorable y requiere de un inmenso apoyo para ofrecer oportunidades y dar valor a la familia, la educación, el trabajo, el emprendimiento y la  vida segura en comunidad.

Millones de venezolanos, se han visto forzados a emigrar, porque no encuentran las referidas oportunidades en su propio país. Una realidad cruel. Una realidad que por sí misma manifiesta el horror de la hegemonía. Pero no será una realidad definitiva, cuando Venezuela recupere su independencia nacional y su soberanía democrática. 

Los militares que sustentan y forman parte del despotismo depredador, ni siquiera merecen llamarse así: militares. Ojalá que la tradición de los generales López Contreras, Medina Angarita, y tantos y tantos más – unos que gobernaron como magistrados y  muchos que ayudaron a construir la República Civil, no sea una tradición muerta sino que anime a darle enseñanza y camino a las ansias de cambio.

La Venezuela del presente, que resiste a pesar de los pesares, sin una representación política valerosa de sus sufrimientos, con muy pocas y meritorias excepciones, puede renacer. Y si luchamos en una gran causa nacional, renacerá. 

De la desolación, renacerá mi Carupano florido, mi Zaraza, mi Maracaibo cosmopolita, mi Mérida señorial, mi Maracay, mi Valencia, mi Barquisimeto, mi pujante Guayana y Maturín, mi Margarita, mis fronteras del Táchira y Apure, mi Barcelacruz, mi Yaracuy y Falcón, mis Llanos de Portuguesa, Cojedes y Barinas; mi Gran Sabana y mi Trujillo de mis mayores; Tucupita y Puerto Ayacucho; mi estado Miranda, mi Litoral Central, mi Gran Caracas, con su Ávila de siempre. Y como decía el abuelo Egaña, mi mapa de Venezuela incluye al Esequibo.

¿Un sueñoi? Quizás, pero mi orgullo de ser venezolano da para eso y más. Me importa un bledo que ese orgullo que siento, sea descalificado como desfasado, trasnochado o provinciano. Tampoco me importan las previsibles burlas de ridículo, cursi o desubicado. Nada de eso importa. 

Lo que más importa, para reconstruir al país,  es el orgullo de ser venezolano.

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