José Gregorio Hernández: De Isnotú para el mundo en el "médico de los pobres" se convirtió

Redacción por 
 el 
Sáb, 20 Jun | 2020
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De la unión de Benigno Hernández y Manzaneda de una parte y Josefa Antonia Cisneros y Monsilla de la otra, romántica unión de llaneros refugiados en el pueblito de Isnotú, estado Trujillo, nace un niño a quien se dio el nombre de José Gregorio. Fue bautizado en Escuque por el padre Victoriano Briceño y confirmado en 1867 por el Arzobispo Juan Hilario Boset, apadrinado por el Presbítero Francisco de Paula Moreno, en Betijoque. Aunque venido al mundo en humildes condiciones era de prosapia ilustre, de abolengo, proveniente de linajudos solares cantábricos, una de cuyas ramas vinieron a Venezuela en el siglo XVIII.

José Gregorio era de apariencia delgada, apenas alcanzaba 1.60 de estatura, su piel era blanca, ligeramente tostada por el sol, tenía una mirada vivaz, clara y penetrante, sus ojos oscuros sabían mirar de frente e inspirar confianza. De labios delgados, frente despejada, nariz perfilada, rostro ligeramente ovalado y cabeza bien formada, tenía las manos suaves y una sonrisa acogedora y oportuna. Predispuesto a hacer bien, era magnánimo y abnegado.

Bajó de la montaña a los 14 años y se va a Caracas a comenzar sus estudios en el Colegio Villegas, graduándose de Bachiller en Filosofía en 1884. Ya leía a Plutarco, Kempis y Vidas de los santos. Estudia Medicina por insistencia de su padre y enrumba su mente por los caminos de la biología y no hay quien lo detenga, estudia con voracidad, como impulsado por una fuerza interior, llegó a poseer una cultura enciclopédica, era erudito y sabio, sometido a una recia disciplina; hablaba inglés, alemán, francés, italiano, portugués, dominaba el latín, era músico, filosofo y poseía profundos conocimientos de teología. Tuvo como maestros entre otros a Adolfo Ernst y Adolfo Frydensberg. En su formación como médico recibió las influencias de las teorías que tenían vigencia para el momento: El Vitalismo, la flegmasía y del miasma, para completar este conjunto de principios que regían la enseñanza de la medicina, Hernández recibió clases de Homeopatía en la cátedra de patología Interna dictada por el Dr. Manuel Porras, fundador de los estudios homeopáticos en Venezuela.

Se la pasaba por los caminos de recuas; visitas domiciliarias a caballo. Andaba entre Betijoque e Isnotú viendo enfermos. En su aproximación a la práctica médica tuvo una clara conciencia de sus limitaciones y de la necesidad de continuar estudiando, indagando y buscando respuestas, en un proceso de aprendizaje que para él fue constante desde el comienzo. Pedía información a Caracas, a Dominici.

Estuvo ejerciendo durante siete meses entre los poblados de Isnotú, Betijoque y caseríos aledaños. Arrostró peligros que gracias a su voluntad y control personal no le impidieron cumplir con el deber de asistir al paciente. Visitó Valera, Mucuchies y Mérida, estuvo en Colón, estado Táchira. Después de trotar por diversos pueblos de Trujillo, regresa a Caracas en 1889 cuando es becado, con la ayuda del doctor Calixto González, para cursar en París estudios de Microscopía, Bacteriología, Histología y Fisiología Experimental, a ser instituidos en el país. Permaneció allí hasta 1891. Fue alumno de Charles Richet en Fisiología. Con Mathias Duval aprendió técnicas histológicas y embriológicas. Isador Strauss le concedió una medalla, un premio simbólico como Mejor alumno que en dicha especialidad, alguna vez tuvo. Luego viajo a Berlín donde estudió Anatomía e histología patológica. Pasó por Madrid y asistió a clases con Santiago Ramón y Cajal.

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