Un régimen despótico, es decir: que hace lo que le da la gana en el país donde impera, aplastando el sistema jurídico democrático, tanto interno como internacional, nunca  jamás será un régimen aceptable; sea de izquierda, de derecha; sea una mezcolanza, y peor de lo peor, si es una hegemonía entrelazada con la criminalidad  organizada. 

Puede ser que un régimen despótico llegue a tener popularidad. Hay casos de casos, pero aquello, tarde o temprano, terminará en una destrucción política, económica y social del país en cuestión. La experiencia de la historia en nuestra parte del mundo, América Latina, lo confirma hasta la saciedad.

Una «mala» democracia es siempre preferible a una supuesta «buena» dictadura. ¿Por qué? Pues porque aquella puede ser reformada por las buenas, a través de elecciones que expresen la voluntad de cambio.   Pero una hegemonía despótica, así tenga un origen comicial, buscará enquistarse  en el poder –con disimulo seudo-democrático, casi siempre–, y si lo logra, entonces no permitirá ser superada, e impondrá su continuismo por las malas y las peores.

A las democracias, con todos sus bemoles, les interesa mejorar las condiciones de la nación. Como se respeta la alternabilidad, ello es un objetivo central. Muchas veces hay gobiernos democráticos que desarrollan una labor constructiva, pero que la misma alternancia democrática, por re o por fa, le abre camino a otro gobierno democrático de signo diferente. El Estado democrático continúa, la lucha política también, se mantiene una estructura de derecho, pluralista, y los países tienen la posibilidad de avanzar en libertad. 

Nada de esto ocurre en una dictadura, así tenga el mejor disfraz democrático que sea posible confeccionar. Cuando la destrucción general es evidente, la obsesión de continuismo se refuerza con base a la represión en los más variados aspectos. 

Sólo la presión interna al alimón con la presión de la comunidad democrática internacional, pueden impulsar el cambio que el pueblo ansía y necesita. Esa presión está consagrada y exigida en la Constitución formalmente vigente en nuestra patria. El respeto a los derechos democráticos de un pueblo, es una obligación que incumbe y obliga a las democracias del mundo. 

Entre una hegemonía despótica, depredadora, corrupta, represiva y  destructiva; y un cambio hacia el renacimiento de una democracia que emprenda la reconstrucción integral del país, no se puede ser neutral o «equidistante». No.  La opción es clara y hace falta una determinación determinada para hacerla realidad.

Por: Fernando Luis Egaña

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